Finde en Jacó

Este fin de semana hemos ido a conocer las playas de Jacó, en el Golfo de Nicoya.

Todo el mundo afirma que estamos una hora, u hora y media de allí. Pero esto es como los de Torrelodones, que siempre dicen que viven a 15 minutos de Madrid porque eso es lo que se tarda un domingo a las 3 de la mañana. Lo cierto es que nosotros salimos el sábado por la mañana y, al cabo de dos horas y media, casi casi habíamos llegado. Y es que los atascos aquí no sólo se producen por causas naturales (si llamamos a eso que muchos coches quieren pasar por un mismo sitio a la misma vez). Esta vez, nos tocó un atasco de otra naturaleza. De entre las muchas cosas que uno tiene que aprender al llegar a un país nuevo, toca también saber qué hacer en caso de accidente:

Independientemente de la causa, ocurrido el accidente USTED debe proceder de la siguiente forma:
[…]
5.     No mueva el vehículo de la posición en que quedó, hasta que así lo indique el oficial de tránsito que se apersone al lugar (art. 100 R.S.T.).

Fantástico. Dos coches tienen un accidente en una carretera y no pueden apartarse al arcén y firmar un parte amistoso. No. Aquí tienen que quedarse bien quietos, llamar al oficial de tránsito y esperarlo. Y si eso sucede a las 10 de la mañana de un sábado en la autopista a la playa, pues ea. Todos quietos, que no ha llegado el oficial a levantar el atestado. Cuando nosotros llegamos a la zona bloqueada ya habían preparado el dispositivo para desviar el tráfico y que consistía en dos policías que te echaban de la autopista. En una larga fila de a uno, salimos por el peaje indicado y, sorpresa, sorpresa, fin de la información. Búscate la vida, chico. Enciendo el GPS en el teléfono y pongo en marcha el Maps. Oooops. No hay cobertura. ¡No tenemos ni mapa! Seguimos la corriente de coches a 1 km/h y al cabo de un rato ya tenemos señal de telefonía. Maps dice que nos demos la vuelta, claro, que lo suyo es ir por la autovía. Pero al menos tenemos ya mapas. Veamos… Ufff. La única salida es una carreterita de montaña. Seguimos la ruta mientras el navegador sigue insistiendo en que nos demos la vuelta, que este camino no es. Cuando avanzamos varios (bastantes) kilómetros, el navegador al fin se convence de que no nos vamos a dar la vuelta y recalcula la ruta. Qué risa. En el tiempo marcado para el recorrido completo, aún no estamos ni a medio camino.

Se suceden los kilómetros y la serpenteante carretera va dejando pequeñas casas a ambos lados, alguna pulpería (bareto), algún super al que el nombre le queda grande (de hecho, vi uno llamado Super Minimercado), paisanos esperando al autobús y caracolea montaña arriba. Cuando el paisaje se despeja de casas, entiendo que el atasco ha sido una gran suerte porque difícilmente nos habríamos metido por este camino con los niños si no. Los mayores están tranquilos. Saben que el camino es largo. El peque duerme. Y a los dos lados de la carretera que ahora recorre la cresta de una montaña, caen laderas de vegetación tropical. Ni ocasión de hacer fotos tengo, tan pendiente como estoy de lo que veo a mi alrededor. Todos los tonos de verde, brillo de agua en las hojas, tierra fértil, una catarata, ¡chicos! ¡mirad allí! ¡mirad allá!. Bajamos y bajamos. El peque ahora llora. Supongo que le molestan los oídos con la bajada tan brusca y alterna lloriqueos con quedarse dormido. Pobre.

Al fin llegamos al empalme con la carretera buena y el peque vuelve a coger el sueño. No todo el tiempo hay dos carriles, pero el tráfico es fluído y sólo cuando el navegador del teléfono anuncia que faltan 10 minutos para llegar a nuestro destino dice el peque que ya no más. De ninguna manera más. Que nos paremos ahooooraaa! Y así hacemos. A falta de poquísimos kilómetros de llegar a Jacó, paramos en una pulpería (o superminimercado). Bajamos del coche para descubrir que los cristales tintados y el aire acondicionado encendido no nos han dejado notar que hace un calor brutal. Da igual. Aquí hay una sombra y llevamos unos bocatas. Compramos unas bebidas y ya está. Volvemos Joaquín y yo a sorprendernos de la naturalidad con la que los dos mayores se toman estos imprevistos y los contínuos cambios de planes que provoca Jorge. ¡Si ya iban locos de alegría porque unos pocos kilómetros antes empezamos a ver el mar! Pero si Jorge quiere parar, pues paramos y llegaremos más tarde. No se oye una sola queja. Menos mal.

jaco01jaco02

Alquilamos una sombrilla y los niños (blancos de crema de protección 50 hasta las orejas) corren al agua. Está sorprendentemente cálida. Pensé que el océano no dejaba de ser océano. Pero no. No da ninguna impresión al entrar y los chicos disfrutan jugando con las olas que sólo rompen grandes bien a lo lejos. Aquí es un mar calmo sin llegar a ser aburrido, así que juegan felices. Mientras, Jorge aprovecha el ruido adormecedor de las olas y no se deja impresionar por la belleza de una playa con palmeras y colinas verdes en ambos extremos que llevan la vegetación casi hasta el agua.

playaJacojorgeJaco

Por la tarde nos quedamos en la piscina del hotel y, como todos los días durante la temporada de lluvias, comienza a llover a ratos. Los chicos siguen en el agua y Manuel bromea: “¡Qué guay! ¡Tenemos que bucear si no queremos mojarnos!”. Tras cinco horas en remojo entre playa y piscina, cuando anochece conseguimos convencerlos de darse una ducha para quitarse la arena finísima que tienen metida hasta… salvas sean las partes🙂 Cuando salimos a cenar tenemos que ir en coche porque sigue lloviendo a ratos. Jose aprovecha los escasos 5 minutos de trayecto para caer rendida. Pasa casi toda la cena dormida en brazos de su padre, que intenta despertarla todo el rato, pero es que la chiquilla no puede ya más. Damos un paseo por Jacó, y de vuelta al hotel. Si bien la playa es chula, el pueblo de Jacó es… justito (hasta un poco cutre, diría). Me gustó la reflexión de Joaquín que comentaba volviendo en el coche “poco se puede decir de un sitio que se ve menos feo de noche que de día”.

hotelJaco

Después de desayunar el domingo, fuimos otro rato a la playa a ver a los surfistas y de nuevo a la piscina del hotel. Los chicos apuraron hasta las 12 en punto dentro del agua y comenzamos el regreso hacia San José. Queríamos hacer dos paradas: los cocodrilos y la fruta.

Nos habían comentado que bajo uno de los puentes que cruzamos por el camino se pueden ver cocodrilos. Paramos el coche justo antes del puente y, en un alarde de valentía, allá que nos fuimos a verlos. Digo lo de la valentía no por los cocodrilos, que quedan bien abajo, sino porque el puente es estrecho, casi sin arcén y la valla es bajita. Entre mi vértigo, la velocidad a la que conducen, que aquel puente -a pesar de ser una conocida atracción turística- no tiene velocidad reducida, que Jose iba preocupada con que un cocodrilo se podía comer su chupachús y que llevábamos a Jorge sólo en pañal (por el calor) con una mantita dejada caer por encima (por el sol)… Pero ¡es lo que tiene la aventura! Y tengo que decir que, menos Jorge, todos quedamos impresionados con los tremendos bichos.

cocodrilos

La siguiente parada estaba prevista en unas fruterías que habíamos visto al ir. Varios puestos se sucedían en el arcén y me había quedado con las ganas de hacer una parada a curiosear. Cuando llegamos a la altura de una de las zonas donde hay varias fruterías seguidas unas de otras casi a modo de mercadillo, salimos al arcén y todos todos todos los vendedores comienzan a llamarnos y a hacer gestos con las manos para que vayamos a su puesto. Tras medio segundo de duda, volvemos a la carretera con los pelos de punta. Choque cultural, supongo. Al invitarnos con esa intensidad, ¡consiguieron espantarnos! Poco después vemos otra frutería. Se llama El Oasis. Nadie nos agobia. Una chica come fruta sentada en una silla de plástico tan tranquila. Bajamos los mayores y yo y nos vamos a curiosear mientras Jorge sigue durmiendo en el coche. Charlamos con la encantadora frutera que nos da a probar lichis (a lo que llama mamón y Manuel se parte), y nos asesora de qué es cada cosa y cuánto vale y nos quiere dar a probar de todo.

frutaJaco

Compramos una pequeña muestra y un agua de pipa fría (un coco frío con un agujerito donde ponen una pajita). Justo cuando vamos a seguir, dice Jorge que mejor hacemos una paradita tetera y aprovecho que la chica es un encanto para sentarme allí a tetear y a charlar. Los niños siguen mirando todo, nos vamos bebiendo la pipa, Jorge termina y se queda frito y se lo paso a ella para que lo “chinee” (chinear es mimar). Se le ve que está deseando agarrarlo (que no cogerlo, por Tutatis). La chica me da las gracias mientras llama a su compañera, que llama al que parece el padre (?) para que nos prepare el coco. Con un machete que da miedo y unos golpes certeros, abre el coco y saca con una cuchara una carne jugosa y tierna que nos pone en un plato. ¡Nada que ver con el coco del Mercadona! ¡Esto es otra fruta diferente! Jose me pregunta que por qué el señor ha matado al coco🙂

fruteraJaco

Ponemos el punto final al finde parando a comer en Orotina, en un sitio que apunto aquí el nombre para que no se me olvide: Killer Moncho.. Killer Mongo.. Killer algo, coñe. ¡Menuda ameba estoy hecha!. Menos mal que me oriento mejor que lo que memorizo:

9.909526, -84.519668
+9° 54′ 34.29″, -84° 31′ 10.80″

Después de unos nachos con pollo, gallopinto al estilo tradicional, y un pollito para los niños la mar de ricos, volvimos al coche y Manuel anunció: La próxima vez que vayamos a Jacó, quiero parar en los cocodrilos, en la misma frutería y en Orotina a comer en este sitio. No pude menos que estar de acuerdo.

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2 Responses to Finde en Jacó

  1. Andrés says:

    Me alegra que estéis disfrutando. Por lo que cuentas, lo único que ha cambiado desde que yo estuve por allí es que ahora hay autopistas y carreteras de dos carriles, aunque no funcionen. En el pueblo de los cocodrilos había unos tarados que te llevan en barca por el río y le dan a los cocodrilos pollos para que se los coman. Igual a Manuel le apetece probarlo en la próxima.

    Un abrazo

  2. Viviana says:

    ¡Qué deliciosas ydivertidas aventuras! Como te dije se me hace agua la boca de pensar en el coco y los mamones. Me rio porque en estos días les digo a mis hijos en yo decía de pequeña “pizarron” y no pizarra como dicen ellos y se partían de la risa…. Los detalles del idioma! Cariños a todos. Jorge esta precioso.

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