Las huellas

En la policía

La mañana del martes la hemos dedicado a hacer papeles. Todos nos quejamos de nuestras burocracias y, por lo que he visto, todos los países creen llevarse la palma en tener más que el resto. Lo cierto es que la mayoría de los trámites en España son cada vez más sencillos y es más fácil que se puedan hacer por internet. Por poner algunos ejemplos de buen funcionamiento, se me ocurren: la declaración de la renta, la solicitud de un certificado de nacimiento, la consulta de una factura, la domiciliación de pagos, las altas y bajas de servicios… y un largo etcétera.

En nuestra estancia en EEUU ya nos sorprendió no poder domiciliar, por ejemplo, el recibo del agua de la casa (hablo del año 2002 y acabamos renunciando y enviando un cheque cada mes. Sí, un cheque. De esos que uno rellenaba un papelito y lo firmaba y lo metía en un sobre y lo llevaba a correos.) Ahora estamos en un lugar donde llega un papelito a casa indicando el gasto de agua y uno se va, por ejemplo, al super y allí lo cancela. Sí, no me he equivocado. Muchos supermercados tienen la ventanilla de “cancelación” de recibos que van desde el agua hasta la cuota del colegio o del teléfono móvil y allá que se va uno a hacer cola para pagar.

Pero este pequeño detalle de tener que ir a pagar al super cada vez que llega un recibo de algo no es nada comparado con el problema de tramitar un visado. Ahí la cosa recuerda a las historias que cuentan mis padres que incluían pólizas de 2 pesetas. El grueso de los papeles los está llevando Joaquín y los expedientes de los 5 miembros de la familia constan ahora mismo de más de 100 hojas… y aún no hemos terminado. Certificados de nacimiento expedidos en España, pasaportes, permisos, cartas de unos y de otros, justificantes de pago de unos y otros servicios… Hasta se ha encontrado dependencias circulares donde Migración pide que uno vaya a la Policía a que le tomen las huellas y la Policía le pide que, previo a las huellas, vaya a Migración. Y en ese punto estábamos el martes: cuando íbamos al trámite conocido por los guiris de la zona como “las huellas”.

Llegamos a la comisaría en la zona sur de S. José tempranito. Tuvimos que rodear la manzana para encontrar sitio para “parquear” (aparcar) y pudimos ver que el solar era bien grande. Albergaba desde una zona de furgones y camiones hasta la academia de policía y algún edificio bajo. Bajo una sombrilla en la puerta principal (¿qué harán cuando caen esas lluvias tropicales estos pobres de la puerta?) unos policías nos indicaron que pasáramos a la puerta del fondo tras comprobar nuestros pasaportes. Camiones y furgonetas ocupaban el solar y un estrecho pasillo con un trocito de césped a un lado quedaba a nuestra izquierda, pegado al edificio. Corre a lo largo del edificio una fila de sillas pegadas a la pared  (al aire libre hablo), de frente al breve césped con un par de árboles que nos separan del atestado aparcamiento. Más de la mitad de las sillas están ocupadas. Las puertas que dan al pasillo están cerradas. O mejor dicho, medio cerradas. Sólo la mitad inferior. La mitad superior no. Por esa mitad superior, en la puerta con un cartelucho que dice “Huellas”, sale de vez en cuando un señor y llama a alguien por su nombre. A veces sale a pedir la documentación a los que van llegando y así organiza la cola. Me acuerdo inmediantamente de que no hace ni dos meses, en España, fuimos a hacer el pasaporte del peque y en un edificio impresionante, moderno, precioso y pulcro, también iban llamando por nombre porque tenían un dispensador de turno digital de la leche, pero no el software para usarlo, por lo que el sistema era, finalmente, el mismo.

Cada vez que alguien entraba, la silla junto a la puerta de huellas quedaba libre y todos, como un solo hombre, avanzaban los culetes de su silla a la contigua. Un ligero desfase de tiempos hacía que la fila pareciese un gusanito. Me fijé en que los únicos que no participamos de la danza y preferimos instintivamente ocupar el espacio pegado al césped y no al edificio, éramos 6 blanquitos con cara de “¿qué hago yo aquí?”. Ellos, con acento argentino y ropa pija. Nosotros, a todas luces por nuestro duro acento, españoles.

Al poco de llegar y haber calculado que íbamos a pasar un buen rato esperando, saltándose el orden establecido, el señor anunció: “¿Quiénes son los del bebé?”. Y, una vez más, adoré que en este país se respetan los derechos de las mamás recientes como si aún estuvieran embarazadas y se les dan colas prioritarias en los aeropuertos, aparcamientos a la sombra en los comercios,… o se las cuela en la policía. Me alegré de que no hubiera un dispensador digital de turno con un algoritmo sin empatía ninguna.

La sala donde entramos tenía las paredes azules y llenas de desconchones. Encima de cuatro mesas que vivieron sus buenos tiempos allá por los años 70, había cuatro ordenadores de.. ¿finales de los 90?. Detrás de las cuatro mesas hay cuatro señoras de más de 100kg cada una. ¡Qué de humanidad! Junto a cada mesa, en una silla de sky deshecho y rajado que deja ver la gomaespuma, hay una persona tramitando sus huellas. Junto a una pared hay cuatro sillas donde ya no podemos evitar participar en el baile del gusano. Lamento no poder hacer fotos. El sitio es tan pintoresco… tantas cosas me llaman la atención…

Dos puertas dejan entrever que las estancias contiguas son similares. Encima de uno de los monitores de tubo, una ristra de santos y ángeles. Encima de una de las mesas, la de la más gordita, un ventilador que dispara directo a su cara un poco de fresco. En una pared, un listón blanco tiene anotaciones con rotulador equiespaciadas: 10, 20, 30… A cada rato, una de las personas que está siendo atendida se levanta y se queda de pie junto al listón. A ojo de buen cubero y sin levantarse de su asiento, la señora correspondiente anuncia “mide usted 1.72”. Sin parpadear, teclea la cifra y sigue con las preguntas. Escuchamos todos las respuestas de todos. Siento que violo la intimidad de los encuestados. ¿Me regala su nombre completo? ¿Su casa es de madera o cemento? ¿de qué color? ¿alguna cicatriz o tatuaje? ¿cuánto pesa? ¿me regala su edad?…

Al rato veo que tienen también su sistema de “vending”. En lugar de una máquina enchufada a la pared con esas espirales que dispensan coca-colas o chocolatinas, un paisano con una bolsa oscura entra en la sala y, como si de la playa de Torrevieja se tratara, va vendiendo bolsas de patatillas y bebidas.

Gusaneo hasta la primera silla con paciencia y con Jorge en brazos. Todos los que pasan, sin excepción, dicen algo al bebé, o a mi, o a los dos. En mitad de mi interrogatorio Jorge decide que es el mejor momento y lugar para evacuar sonoramente. ¡Qué dicha! anuncia mi gordita interrogadora. Y yo me quedo con la duda de si es porque me acaba de preguntar por mi peso😉 o si es porque le hace feliz que los niños caguen. No sé. Mi mayor preocupación es dónde demonios voy a cambiar el pañal a mi gordito. Cuando termina las preguntas y comienza a llenar papeles y más papeles mientras yo espero, se le ocurre que puedo cambiar mientras al bebé y no esperar ahí sin más. Tres personas se ponen inmediatamente en movimiento para buscarme un sitio dándose instrucciones unos a otros: “busque a la señora un lugarsito para que cambie al bebé”. Sigo al último atravesando un par de despachos y, al fondo, en un despacho de tres mesas, un abuelito se toma una fanta y mastica algo que no llego a ver. Su mesa está despejada salvo unas octavillas de cartulina con anotaciones a máquina (repito, a máquina) con nombres y apellidos de personas. No tiene ordenador. Distingo un 2002 y un 2007 en una de las octavillas. Quizás los ordenadores que yo he datado de los 90 son más modernos… El señor aparta su fanta y me da via libre para cambiar en su mesa al bebé. Me muero de la vergüenza. Vale que las cacas de los lactantes apenas huelen mal, pero este pobre hombre estaba aquí almorzando en esta habitación sin ventana exterior… Disimulo mi vergüenza, bato el récord de cambio de pañal y recojo los útiles para volver cuanto antes a mi silla rota a esperar a que mi gordita termine de escribir no se sabe qué en los formularios.
Al fin me da unas cartulinas con las que me invita a salir por otra puerta. Me recibe un chaval la mar de bien vestido y con guantes de latex que, con tinta negra que extiende en una superficie con un rodillo, va poniendo mi mano aquí, allá, ahora cada dedo, ahora los cuatro, una mano, la otra… Vuelve a venirme a la cabeza la emisión del pasaporte en España con un lector de huellas que, de cada cuatro intentos, en tres fallaba. “Vuelva a presionar bien”, “no tanto”… “¡ahora!”, anunciaba con alegría el poli español al ver que el chisme le daba luz verde. Fíjate. Con esta tinta negra han salido todas a la primera. Oigo mis propios pensamientos y veo que me estoy tropicalizando.

Cuando salimos vemos que hemos hecho bien viniendo a primera hora. El gusano ocupa ya toda la pared. Los argentinos pijos ahí siguen sin querer participar del gusaneo. Aún no saben que ahí dentro se tropicalizarán y sus piji-ropas, de las que tan orgullosos estaban, les van a hacer sentirse la mar de fuera de lugar. Se les ve de lejos. A estos les va a costar tropicalizarse.

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