Varios me habeis preguntado ya por el motivo de mi largo silencio. Menos activa en twitter, alguna fotillo en facebook, poco guasap y cero blog.
La primera excusa se llama “vacaciones escolares”. El curso lectivo aquí es de Febrero a Noviembre, así que desde el 28 de Noviembre me he encontrado con tres chiquillos en casa, cada uno con su ritmo y sus aficiones y una difícil lucha: “me da igual lo que hagan los demás”.
Uno de los primeros días de vacaciones, Manuel tuvo un partido de fútbol. Una de las madres comentaba que ahora en vacaciones sus hijos no querían hacer otra cosa más que dormir y ver la tele. Me llamó poderosamente la atención que no lo comentase como “mis hijos tienen un problema” o “no veas que lucha en casa”, sino como un hecho. Eso es lo que quieren y eso es lo que hacen. Asumido y aceptado. Conforme fueron pasando los días, vi que no eran solo esos niños ni solo esa madre.
Los dos meses de vacaciones en la temporada seca, con sol radiante desde las 5:30 AM hasta las 5:30 PM, con temperaturas de los 20 a los 28 grados, los niños están durmiendo hasta las 11 y luego en casa en la tele o con las tabletas hasta la hora de acostarse. Del sofá a la cama y vuelta a empezar. Mi urbanización tiene 44 casas y uno o dos niños por casa. Es una calle privada, por la que sólo pasan los coches de los vecinos y hay resaltes para reducir la velocidad. Resumiendo: mis hijos de 3 y 7 años tienen libertad para ir y venir con las bicis, los patines, jugar al escondite o subir a los árboles. En la urbanización hay dos parques con columpios, incluyendo uno con una cama elástica grandota chulísima. Además, disponemos de una piscina con una zona para niños y otra para mayores y, atención al detalle, con calefacción. La temperatura del agua es tan agradable que hasta el bebé se baña en la piscina pequeña hasta que se le arrugan los piececillos.

Todo esto no lo cuento para dar envidia, sino para que os hagais a la idea del lujo de sitio que es esto para los niños. Las condiciones ideales y un único problema: no hay con quien jugar. El pobre Manuel, que es hipersocial, pasó las primeras semanas pidiendo “¿puedo ir a por fulanito/menganito/cetanito?” y yo a todos que sí, que fuera. La cosa es que ni fulanito, ni menganito, ni cetanito quería salir a jugar al balón, ni bajar a la piscina, ni ir a los parques o jugar a detectives. Todos daban la bienvenida a Manuel para que pasara a su casa a ver tele con ellos. O jugar a la PSP, o a la tableta o a la pantalla correspondiente. Eso cuando se habían levantado, claro, que tardé en entender que los niños “pierden” las primeras 5 horas de luz del día.
Me resistí durante un tiempo, pero tuve finalmente que ponerme la nariz de payaso, sacarme el carnet de “animador sociocultural” y encargarme de que mis hijos fueran al parque un rato, se bañaran, salieran con las bicis o jugaran al escondite. “Si no tienes con quien, yo te acompaño”. Constantemente inventando juegos y supervisando para que no me desaparecieran. Cada vez que hacía demasiado que no veía a uno de los dos, ya sabía dónde andaba: en casa de algún amigo. ¡Quieren jugar! ¡Quieren estar con los otros niños! Pero a la pregunta de “¿sales con la bici?”, o “¿jugamos al fútbol?”, o “¿vamos al parque?”, la respuesta era siempre: “pasa, pasa, fulanito está ahí viendo la tele/PSP/tableta”. La piscina tiene como únicos usuarios a nosotros, una vecina venezolana con su bebé de 6 meses, y una guatemalteca con su hijo de 18 meses (añado que, para desgracia de ambos, el mejor amigo de Manuel, que es mucho más activo que la media, se rompió el brazo justo al principio de las vacaciones). En los parques, más o menos los mismos niños. A ratos, algunos de los mayorcitos salen, usan 5 minutos las bicis como para hacer grupo y se van al porche de alguno de ellos. Ahí llegan todos con sus bicis, las aparcan en el porche y se sientan con las tabletas. Minecraft a saco. Durante horas. Durante horas y horas. Cinco o seis niños sentados cada cual con una tableta/teléfono.
A los que piensen que voy en modo talibán de las pantallas, les diré que todos los días de vacaciones han tenido permiso (y ellos lo sabían) para usar las tabletas desde que el sol se pone. A la que se hacía de noche, entraban y se ponían con el ordenador o la tableta o el iPod a ver vídeos, jugar o lo que quisieran. Barra libre de pantalla. Pero no antes de haber hecho lo que nosotros creemos que un niño tiene que hacer: correr, saltar, nadar, jugar, cansarse, reir, aburrirse, inventar, caerse, levantarse y seguir corriendo.
Manuel es el que más busca compañía y el que más tendencia tiene a quedarse pillado delante de cualquier pantalla. He tenido que oír unas mil veces al día “me aburro”. He tenido que sacarlo unas mil veces de casa de quien fuera cuando ya veía que hacía un par de horas que fue a buscarlo y nunca salieron. Ayer, la abuelita de uno de los chavalines me decía: “Pero vecina, ¿por qué no le deja venir a Manuel a casa? Él dice que es que usted no le deja tanto tiempo viendo tele.” Yo le contesté que yo lo dejo ir a buscar a su nieto siempre que Manuel lo pide, pero que sólo se puede quedar si van a jugar juntos, no a ver la tele a las 10 de la mañana. La señora me contestó que Manuel ya se lo había dicho, y que el padre del chaval está totalmente de acuerdo conmigo y que dijo “qué razón tiene esa madre”. Con razón o sin razón, mis hijos no han pasado dos meses de la cama al sofá.
El día en que Manuel dejó de lloriquear por esta lucha llegó a principios de enero. El entrenador de fútbol decidió hacer una sesión de entrenamiento físico. Carrera (8 minutos), series de saltos (30 a 60 segundos sin parar), sprints, etc. Tan delgaducho que se ve, el único que no tuvo que parar a coger resuello en la carrera fue él. En el último minuto incluso apretó el ritmo. Y cada vuelta al campo, levantaba el pulgar al pasar junto a mi. Orgulloso. Acabó el entrenamiento destrozado, cansado, hambriento, sediento, sucio… y feliz. En el camino de vuelta a casa fuimos hablando de los motivos por los que lo había hecho tan bien ese día y acabó dándome las gracias por mi lucha para que se mantenga activo. No es que desde ese día no haya intentado hacer lo que el resto, sino que cuando lo rescato de una de sus escapadas para una inmersión televisiva y me lo llevo a la piscina, se pone el bañador sin rechistar. ¡Tampoco vamos a pedir peras al olmo!
Por su parte, Jose se deja entretener mucho mejor porque todavía para ella estar con mamá mola más que cualquier tele. No hay más que ver la salud que tiene, lo fuerte que se está poniendo, la agilidad con la que ya casi monta en bici sin ruedines, bucea y se tira (según ella) de cabeza a la piscina, da volteretas en la cama elástica…
Que sí, que estoy luchando contra una tendencia, una sociedad y casi un modo de vida. Pero es que no me da la gana de que mis hijos se pierdan esta oportunidad de disfrutar el paraiso. Y si me tengo que poner la nariz de payaso e inventar juegos, dejar el correo pendiente porque hay que salir con las bicis, no mirar twitter porque hay que bajar a la piscina, o contestar apresuradamente a lo extremadamente-urgente (a lo urgente no llego) porque subimos al parque, pues ese es el precio de ir a contracorriente.
Por primera vez desde que Manuel empezó a ir al cole hace cuatro años, ayer celebré que era el primer día de clase. Al fin me quito la nariz de payaso durante unas horas cada día y prometo ponerme con todo lo que he dejado pendiente. Iré una por vez. Según Jorge (que ahora mismo está dormidito en mis brazos) me deje. Tened paciencia, porfa.